En casa hay un perrito que se llama Bruno, fiel compañero de vida, como todos los canes. Pues "pú" tiene amigos y amigas, niños todos que le llaman por la ventana y a veces me despiertan de mis siestecitas para pedirme el balón o para regresarme al Bruce cuando está dando mucha lata.
Soy una mujer libre, emancipada e independiente, que tomó hace muchos años una decisión fuerte y díficil pero segura: no voy a tener hijos, no me da la gana parir etcétera. Sin embargo, los niños siempre me han dado mucha ternura (aunque a veces me gusta que lloren, porque vienen sus mamaces y se los llevan).
Si algo me duele -aparte de pensar que algo les pase a mis cuatro parientes- es el sufrimiento de un niño o una niña. Será que me veo cuando chica lloraba por diversas ausencias, será porque viví cosas que hoy se ventilan o están de moda (como el bulling, que siempre ha existido).
Qué se yo, la cosa es que en 1632 cuando tenía como 21, fui a cierta comunidad en cierta parte de este país, continente americano, mundo mundial. Ahí aprendí a aprender de ellos "esos locos bajitos" diría Serrat, esas niñas, esos ojos que se asomaban en la casita a vernos dormir y se reían de nosotros porque nunca supimos cómo volar un papalote.
Hoy, que han pasado tantas cosas por mi vida y tantas tempestades sobre todos nosotros... se cuales son mis trincheras: la pluma o el teclado y la acción concreta para la defensa de los derechos de los niños.
En mi trabajo me encargaron hacer un juego de memoria con los derechos de los niños, los que jugaron se los aprendieron, por lo menos aquel que les llamó la atención. Acá en mi nuevo pueblote, los chavales y las nenas, han dibujado conmigo -entre pelotazos y las huellas de bru- paisajes donde reina la armonía, donde crecen las flores, donde nadie tira la basura ni maltrata los animales, donde no se fuma (oooouuuchhhhh).
El otro día publiqué el la web que estoy indignada por los casos de abuso sexual contra niñas y niños. Y lo estoy, verdaderamente. Me cuesta trabajo explicar, explicarme que no puedo hacer nada por ellos. Es sólo una necesidad de compartir con esos seres tan inteligentes e increíblemente francos, nuestras experiencias para crecer, juntos construyendo un mejor espacio y una vida digna. Para ell@s, para miguelito y para mi pequeño tesoro: mi Pú.
ESCRIBIR LA HISTORIA, MI HISTORIA
jueves, 23 de junio de 2011
viernes, 24 de septiembre de 2010
EN MI PAIS. las perlas del vicentenario
LA PERLA DEL VICENTENARIO
Canta mi pueblo una canción de paz
nadie podrá silenciar su canción
y mañana también cantará
Vivo en un país en guerra, aunque odie los lugares comunes. Vivo en un lugar donde las cosas no son importantes hasta que el agua nos llega a los aparejos. Hablan y hablan los que tienen voz, defienden lo suyo: poder, imagen, etcétera... pero sobre todo dinero.
Tengo treinta y tantos años y desde que nací -por alguna razón- me creció una especie de conciencia (que no sabría explicar sin echar mano de teorías metafísicas u otras mamadas por el estilo). Con decir que en la secundaria –cuando me enseñaron computación- lo primero que hice fue publicar un “periódico” que llamé orondamente El Comunista.
Pero este rodeo me distrae del punto que quiero abordar: el vídeo de Perla. Ella dice, explica, se encabrona: grita por su país.
Ni idea cuantos años tenga la niña, pero lo que si tengo cierto es que su grito desesperado, su ceño fruncido, su impecable razonamiento (que nace de la profunda desesperación que hoy vive mi pueblo) y cada una de sus palabras retumban en mi cabeza como tambores chinos.
Y es que discúlpenme: esto no es nada nuevo. (por eso escribo, para no debatir con pendejos que me contradigan). Como aprendí a hablar de problemas comunes compartiendo mis propias experiencias, intentaré escribir mi rabia de una manera coherente, enterada de que nada podré agregar a la perla que nos regala Perla.
Sí, mi país está en guerra. El problema es que no se a ciencia cierta cuando empezó o si ha terminado esta batalla que -dicen por estos días- comenzó hace 200 años (yo diría quinientos y tantos pero ¡chingado, celebremos!).
A los veinte, yo ya llevaba varios años leyendo, escuchando, soñando con la Revolución. Una nuevecita, limpia… en fin todas las ilusiones que tiene una a esa edad. Y bien me enseñaron mis maestros que la revolución la hacen los pueblos y no las personas. (aquí cabe mencionar que este pensamiento era completamente minoritario entre la raza que poblaba la facultad).
Eran los noventa, nada de guerra fría, júbilo por el muro caído, teorías meteóricas sobre “el fin de la historia” etcétera hasta el asco. Y de repente unos locos desconocidos y encapuchados irrumpieron en mi vida (y en la historia contemporánea).
Posiblemente en esos entonces, tendría la edad de Perla. Y sentía mi país muy parecido a como lo expresa en su video. Pero eran otros tiempos, quizá iguales, pero mucho menos una realidad abierta, palpable, cruda y mediática como ahora.
Pasaron casi diecisiete años y hoy me encuentro funcionaria, clasemediera, apática la mayoría de las veces, más preocupada por mantener la salud mental que por lo que pasa en el país, ya ni decir en el mundo mundial. (¡Horror! Diría la Cecilia joven).
Sin embargo, en ese “ir y venir del tiempo”, me encuentro rodeada de jovencitos que ya no creen en nada que no sea el caralibro (en el mejor de los casos); niñas que juegan a la muñecas con bebés de a verdad, chavos que no saben si es pa´tras o palante…
Y entonces me digo: que hueva, pero no puedo seguir apática, pretendiendo que a mi no me pasa nada, evadiendo la responsabilidad que mis años, mi experiencia y mis pocas habilidades me exigen. Por eso escribo, porque ya no se puede gritar (como no sea Fulano, fulano, fulanooooo) ni hablar porque se hace chisme.
Perla me recordó mis tiempos, o sea estos que todavía son mis tiempos. Y además, me permitió conocer las reacciones y las razones de los chavos que me rodean. Puta madre: ni modos, a seguirle, a escribirles a todos estos muchachos, a decir mi rabia pero también mis esperanzas, en el ser humano, en la revolución (real o imaginada) y en mi dios.
Septiembre de 2010
Cecilia Rejón
México
Canta mi pueblo una canción de paz
nadie podrá silenciar su canción
y mañana también cantará
Vivo en un país en guerra, aunque odie los lugares comunes. Vivo en un lugar donde las cosas no son importantes hasta que el agua nos llega a los aparejos. Hablan y hablan los que tienen voz, defienden lo suyo: poder, imagen, etcétera... pero sobre todo dinero.
Tengo treinta y tantos años y desde que nací -por alguna razón- me creció una especie de conciencia (que no sabría explicar sin echar mano de teorías metafísicas u otras mamadas por el estilo). Con decir que en la secundaria –cuando me enseñaron computación- lo primero que hice fue publicar un “periódico” que llamé orondamente El Comunista.
Pero este rodeo me distrae del punto que quiero abordar: el vídeo de Perla. Ella dice, explica, se encabrona: grita por su país.
Ni idea cuantos años tenga la niña, pero lo que si tengo cierto es que su grito desesperado, su ceño fruncido, su impecable razonamiento (que nace de la profunda desesperación que hoy vive mi pueblo) y cada una de sus palabras retumban en mi cabeza como tambores chinos.
Y es que discúlpenme: esto no es nada nuevo. (por eso escribo, para no debatir con pendejos que me contradigan). Como aprendí a hablar de problemas comunes compartiendo mis propias experiencias, intentaré escribir mi rabia de una manera coherente, enterada de que nada podré agregar a la perla que nos regala Perla.
Sí, mi país está en guerra. El problema es que no se a ciencia cierta cuando empezó o si ha terminado esta batalla que -dicen por estos días- comenzó hace 200 años (yo diría quinientos y tantos pero ¡chingado, celebremos!).
A los veinte, yo ya llevaba varios años leyendo, escuchando, soñando con la Revolución. Una nuevecita, limpia… en fin todas las ilusiones que tiene una a esa edad. Y bien me enseñaron mis maestros que la revolución la hacen los pueblos y no las personas. (aquí cabe mencionar que este pensamiento era completamente minoritario entre la raza que poblaba la facultad).
Eran los noventa, nada de guerra fría, júbilo por el muro caído, teorías meteóricas sobre “el fin de la historia” etcétera hasta el asco. Y de repente unos locos desconocidos y encapuchados irrumpieron en mi vida (y en la historia contemporánea).
Posiblemente en esos entonces, tendría la edad de Perla. Y sentía mi país muy parecido a como lo expresa en su video. Pero eran otros tiempos, quizá iguales, pero mucho menos una realidad abierta, palpable, cruda y mediática como ahora.
Pasaron casi diecisiete años y hoy me encuentro funcionaria, clasemediera, apática la mayoría de las veces, más preocupada por mantener la salud mental que por lo que pasa en el país, ya ni decir en el mundo mundial. (¡Horror! Diría la Cecilia joven).
Sin embargo, en ese “ir y venir del tiempo”, me encuentro rodeada de jovencitos que ya no creen en nada que no sea el caralibro (en el mejor de los casos); niñas que juegan a la muñecas con bebés de a verdad, chavos que no saben si es pa´tras o palante…
Y entonces me digo: que hueva, pero no puedo seguir apática, pretendiendo que a mi no me pasa nada, evadiendo la responsabilidad que mis años, mi experiencia y mis pocas habilidades me exigen. Por eso escribo, porque ya no se puede gritar (como no sea Fulano, fulano, fulanooooo) ni hablar porque se hace chisme.
Perla me recordó mis tiempos, o sea estos que todavía son mis tiempos. Y además, me permitió conocer las reacciones y las razones de los chavos que me rodean. Puta madre: ni modos, a seguirle, a escribirles a todos estos muchachos, a decir mi rabia pero también mis esperanzas, en el ser humano, en la revolución (real o imaginada) y en mi dios.
Septiembre de 2010
Cecilia Rejón
México
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